Los experimentos con humanos más crueles de la historia

Homo homini lupus.

Tal vez hayáis tomado parte en algún experimento, animados por el noble propósito de inmolaros por el bien de la ciencia o porque una decena de euros para gastar en cervezas siempre os vienen bien. De todas formas, enhorabuena, es realmente admirable ponerse a disposición del progreso científico voluntariamente.

Sin embargo, para algunos experimentos es muy difícil encontrar a un candidato voluntario. Por ejemplo, a nadie le gustaría ser objeto de un estudio sobre las consecuencias de las enfermedades de transmisión sexual en el que no se reciben tratamientos médicos, o de un estudio para entender cuántas horas de centrifugación continua hacen falta antes de morir.

A pesar de ello, estas cosas terribles sí se han experimentado. A lo largo de los siglos, los hombres han llevado a cabo los experimentos más atroces con sus semejantes. Aquí hay unas pruebas que oscilan entre el relativamente inocuo y el increiblemente cruel.

El Monster Study

El logopeda Wendell Johnson estaba convencido de que el desarrollo del tartamudeo en los niños dependía de las reacciones de los demás frente a algunos errores inocuos de pronunciación. Por lo tanto, en 1939, convenció a su alumna Mary Tudor Jacobs a llevar a cabo un experimento con 22 huérfanos.

Jacobs debia conseguir que la mitad de ellos empezase a tartamudear, corrigiéndoles por cada mínimo error y poniéndoles inseguros. A los niños se les explicó que se les escucharía con muchísima atención y se les habían intimidado con este aviso: “Escuchad, si tartamudeáis aunque solo una vez, ¡empezaréis irremediablemente a tartamudear cada vez más! ¡Así que mejor no decir nada hasta que no estéis totalmente seguros de hablar correctamente!”

Incluso los niños sin problemas de pronunciación tenían miedo de hablar en clase. Una niña de nueve años, Betty Hull, solía cubrirse los ojos con las manos cada vez que se le preguntaba algo. A otra niña que se llamaba Mary Korlaske se le había preguntado si su mejor amiga sabía que tartamudeaba. “No”, había contestado. “¿Por qué no?” le había preguntado la investigadora. Mary había empezado a golpear el suelo con los pies y dijo que no volvería a hablar nunca más con su amiga.

Después del experimento, Betty Hull aclaró enseguida a sus compañeros que su forma de hablar no tenía nada de equivocado, pero ya era demasiado tarde. Mary Korlaske, sin embargo, nunca consiguió volver a hablar correctamente. Y, a pesar de todo, esta gilipollez ni siquiera nos ha ayudado a entender la verdadera causa del problema del tartamudeo.

El estudio Tuskegee sobre la sífilis

Desde 1932 hasta 1972 el Ministerio de la Salud estadounidense, en colaboración con las instituciones de Tuskegee, condujo un estudio sobre la sífilis no curada. 399 campesinos pobres de Alabama, de los cuales dos tercios ya estaban enfermos de sífilis, fueron sujetos a dos años de experimentos.

Ya en 1940 era notorio que la sífilis se podía curar facilmente con la penicilina, pero los médicos querían conocer de todas maneras la evolución de la enfermedad sin tratamiento sanitario. Para que los campesinos participaran en el experimento, se les prometieron unos tratamientos médicos gratuitos que no podrían permitirse. Después de cada reconocimiento médico, se les ofrecía una comida caliente como recompensa.

Dado que los campesinos eran todos de color y los investigadores todos blancos, este estudio no solo es inmoral, sino también terriblemente racista. De los 399 infectados, 28 murieron inmediatamente, y otros 100 a causa de las consecuencias indirectas de la enfermedad.

 

El experimento sobre la sífilis en Guatemala

Al investigar sobre el experimento Tuskegee, en 2005, Susa Reverby encontró otra serie de experimentos conducidos por EE.UU. entre 1946 y 1948 en Guatemala. Estos investigadores no utilizaron a personas que habían contraído ya la enfermedad, sino a individuos infectados a propósito de sífilis y gonorrea. El objetivo era descubrir la verdadera eficacia de la penicilina.

Por eso se infectaron a prostitutas a las que se pagó para tener relaciones sexuales con los prisioneros, soldados de Guatemala y personas enfermizas. En algunos casos, los agentes patógenos se inyectaron directamente en las venas. Murieron 83 personas.

En 2010 Hillary Clinton y Katherine Sebellius se disculparon oficialmente en el nombre del gobierno de Estados Unidos. También Obama pidió disculpas al presidente de Guatemala.

 

El proyecto MK Ultra

En los años cincuenta en los EE.UU. había una situación de paranoia permanente. En la inquieta atmósfera de la Guerra Fría, la CIA condujo miles de experimentos – todos con el fin de desarrollar nuevos métodos para debilitar mentalmente a las personas, hasta que no fueran capaces de memorizar más información.

Estos experimentos iban desde la administración de drogas por hipnosis hasta el abuso sexual. Todos los documentos relevantes se destruyeron en 1973, de manera que gran parte del proyecto se quedará en el anonimato para siempre.

Una parte considerable del proyecto consistía en administrar a escondidas LSD a personas con trastornos psíquicos, prisioneros, drogadictos y prostitutas. Es destacable el caso de un paciente al cual se le administró LSD durante 174 días seguidos. En otro experimento, sin embargo, a los pacientes intoxicados se les iluminaba con una luz cegadora. Durante el “viaje” se les hizo creer que se les habría sometido a muchisimas crueldades si no hubieran confesado todos sus secretos.

La CIA pensaba ambiciosamente administrar LSD también a importantes líderes políticos como Fidel Castro. Para llevar a cabo esta insidiosa operación y entender a fondo los efectos del LSD en las personas, se puso prácticamente por todas partes, incluso en el café de los empleados de la CIA ajenos a todo. Algunos de ellos se volvieron locos por sorpresa, como el hombre que empezó a correr por las calles de Washington porque veía monstruos sentados en los coches. Otro se tiró de la decimotercera planta. Pero a pesar de todo, los experimentos siguieron adelante.

El resultado innovador ha sido este: el efecto del LSD es imprevisible, por lo tanto el ácido lisérgico no es lo mejor para controlar a la población.

Los experimentos nazis

Cuando se habla de crímenes contra la humanidad, los nazis obviamente están al pie del cañón. De hecho, hay pocos peor que ellos.

Bajo el régimen, el dúo formado por Eduard Wirths y Josef Mengele llevó a cabo los siguientes experimentos:

  • Gemelos y hermanastros cosidos juntos para ver si podía nacer “una nueva criatura” de ellos.
  • Para indagar sobre los efectos del frío, se tiraba a las víctimas al agua helada para ver cuanto tiempo conseguían seguir vivas. Se prefirió experimentar con los prisioneros rusos, “genéticamente” acostumbrados al frío.
  • Con el fin de hacer pruebas con agua de mar, los nazis encerraron a 90 gitanos en un cuarto sin comida ni agua potable, dándoles solo un cubo de agua salada al día. Las víctimas se deshidrataban tanto que por la desesperación lamían el suelo cada vez que se fregaba (los nazis eran unos maníacos de la higiene).
  • En 1933 se aprobó una ley que obligaba a los hombres con posibles trastornos genéticos a esterilizarse. Quien no era un perfecto ario no tenía ningún derecho a existir, ni a reproducirse. Para encontrar métodos de esterilización más eficaces se realizaron cientos de experimentos espantosos.

Esta lista puede que sea infinita. Además, Josef Mengele era un verdadero trolero y no tenía ninguna idea de los procedimientos médicos.

Escuadrón 731

Unit 731 no es solo una canción de los Slayer, sino que es también un escuadrón del ejército japonés en el que, durante la segunda guerra sino-japonesa y la Segunda Guerra Mundial, se llevaban a cabo experimentos con seres humanos. La cabeza pensante detrás de todo esto era el microbiólogo Shiro Ishii – un hombre del cual hasta Josef Mengele tenía algo que aprender en cuanto a crueldad y canalladas.

El repertorio de Ishii contemplaba: vivisección sin anestesia, congelación, descongelación y amputación de los miembros (también sin anestesia). A las víctimas se les volvían a coser las piernas y los brazos amputados en otras partes del cuerpo y se les ponían inyecciones intravenosas de sangre de animales y agua de mar. Es más, a los desventurados se les infectaba con enfermedades de transmisión sexual e incluso se les centrifugaba hasta la muerte. Para probar las armas, sin embargo, se les solía poner a varias distancias de una granada – que luego se hacía explotar.

Para el desarrollo de nuevas armas biológicas se utilizaba a los chinos como cobayas. Los aviones bombardeaban ciudades y aldeas enemigas a baja altura con pulgas infectadas por la peste. El problema, en ese caso, fue que las pulgas infectaron a la tropas japonesas también, por lo tanto, después del primer intento a gran escala, el experimento se interrumpió.

Después de la derrota de Japón, en 1945, un avión lleno de americanos aterrizó delante del complejo. Los soldados se encontraron frente a un espectáculo espeluznante, pero al mismo tiempo interesante en una época histórica en la que empezaba la carrera de armamentos. Shiro Ishii, que tenía la llave del Escuadrón 731, propuso a los americanos un acuerdo: si no le hubieran matado junto a todos sus hombres, él les habría enseñado los resultados de su investigación. Murió a los 67 años por muerte natural y sin haber pasado ni un día en la cárcel.

Hay que precisar que también la Unión Soviética, Corea del Norte y otros regímenes se mancharon con crímenes parecidos.

Y ahora, por fin, una buena noticia: hay muchísimas convenciones que intentan evitar este tipo de tratamientos, como por ejemplo la Declaración de Helsinki.

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